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7 de julio de 2014

Las mujeres de Egon



Dormidas ellas, ligeramente, comenzaban a despertar. Tórridos y fulminantes sonidos, rasgaban sus vestimentas, despejaban su piel. Enseñaban al mundo, su disfraz más puro.
Desnudas estaban, aguardando el placer. Aquel que con su acrimonia patentaba su paso fugaz, aquel que con su parsimonia, ocultaba el hechizo mortal.
Frágiles no eran, pese a su languidez. Bravas no se mostraban, pese a su interna robustez. Aquellas féminas oscuras que Egon retrató, me susurraban al oído relatos de exaltados recuerdos, ficciones de la pasión. Tímidas eran, ante la mirada curiosa, valientes guerreaban, ante el reprimido opresor.


Ellas se hacían presentes en los instantes más táctiles, en los perfiles de aquellas sombras que se hacían luz con un simple cerrar de ojos.
Ellas no eran solo mi fiel evocación del gozo vivido sino también, del deseo especulador. Yo estaba allí con ellas. Ellas, habitaban en los receptáculos más pequeños de mi profundo ser.































Sin saberlo, Egon me las había obsequiado. Las había pintado para mí y para mi desvariada imaginación. Sus mujeres eran mi constancia más certera de la perpetuidad del agrado, eran un emblema de esta pasajera actuación. Con ellas me refugiaba en mis momentos más sombríos, con ellas resplandecía en mis momentos de fogosa fantasía, de alterada emoción. 


Con las mujeres de Egon me proyectaba, viajaba por horas a paraísos terrenales, de esos que encuentran su salvación a varios metros bajo el suelo, a unos cuantos soles del cielo, a unos cuantos pasos del redentor.
Por instantes, las dudas se despejaban y ante la claridad de las ideas, les daba las gracias a ellas, por animarme a ser quién soy. 


Vespertina Incrédula


26 de noviembre de 2012

La guerra de los objetos




¡Qué lindo es salir a la calle y sentirse un pedazo de carne que es ansiado por ser devorado de un solo mordiscón! ¿A quién no lo halaga verse como un objeto de consumo? ¡Es que los humanos somos tan comunicativos, que expresamos nuestras sensaciones más primitivas sin importar el efecto que eso tiene en los otros! ¡Arriba la libertad de expresión! ¡Basta de hipocresía! ¡Demos rienda suelta a nuestra imaginación y deseos más retorcidos, y empecemos a regurgitarlos!  ¡Bienvenidos sean los piropos! Gracias a ellos, las mujeres recordamos día a día lo hermosas y sensuales que somos. ¿Acaso habría alguna otra forma más sana de levantar nuestra autoestima si no fuera por su popular existencia?

Agradezco a mi sociedad que nos haya educado en el valor de apreciar los objetos, de resaltar las falencias y sobretodo, sobreestimar las cualidades estéticas de las hembras. Sentirse deseada e íntimamente invadida, no debería ser algo que incomode a las mujeres en su transeúnte pasar. ¿¡Qué mejor mimo al alma que enterarte todas las cosas que ese piropeador podría hacerte con su lengua o con esas manos intranquilas que buscan pellizcar tus glúteos cansados de tanto gimnasio!?

Salir a la calle y sentir que solo valés por lo que tenés, por tu apariencia física, por cómo te vestís, por lo que mostrás o insinuás, es una sensación única, aunque crudamente repetible, una y mil veces. ¡Ojalá las mujeres nos animáramos más a piropear a nuestros hombres! A pegarles algún manotazo a sus genitales, a manifestarles a viva voz, todas las cosas que les haríamos si los tuviésemos entre cuatro paredes. Menos mal que está en boga eso de la equidad de género y la igualdad de los sexos. ¡Por fin las mujeres vamos a empezar a piropear! ¡Se acabó la guerra de los sexos, ahora empezó la guerra de los objetos!

¡A no quedarse atrás chicas! Nuestra misión está encaminada. Ya conocemos nuestro objetivo: popularizar y fomentar los concursos de belleza masculina, aumentar las ventas de las revistas pornográficas para mujeres, desvestir a los panelistas y tertulianos de tv tal como lo hacen con las rubias y pulposas secretarias de los programas del primetime, y no menos importante: dejar las charlas y tés en casa de amigas y frecuentar más los bares de strippers. ¡Qué bueno está ser mujer en el siglo XXI! Claro está, menos mal que vivo del lado occidental del Meridiano de Greenwich. Nosotras sí que estamos más avanzadas. Tenemos libertad para usar minifaldas y escotes, operarnos las tetas, inyectarnos botox hasta convertirnos en muñecos de cera y además, salir de fiesta y tomar alcohol hasta no tenernos en pie. ¡Pero cuánto avanzamos! ¡Qué conquistas sociales hemos logrado! Pero, ¿de dónde habremos sacado tanta fuerza, tanto espíritu combativo? Estoy segura, que los piropos tuvieron algo que ver.




Vespertina Incrédula

7 de noviembre de 2011

A todas ellas,



A la que carga con la mochila de los recuerdos a cuestas.
A la que sigue confiando pese a los vaivenes de la vida.
A la que continúa sonriendo para ocultar su timidez.
A la que los ojos le brillan cuando el amor le roba la conciencia.
A la que se sigue sonrojando cuando la halagan.
A la que se emociona cada vez que la estiman.

A la que sueña con un mundo mejor.
A la que idealiza batallas perdidas.
A la que la compasión la vulnerabiliza.
A la que la vida le pegó varias bofetadas.

A la que se quedó esperando en el baile, irse con el más guapo.
A la que lloró a rabiar el engaño.
A la que los suspiros le causaron asma.
A la que la melancolía subsumió en su Hades.

A la que grita cada vez que percibe una injusticia.
A la que calla por miedo a ofender a alguien querido.
A la que lucha por ser la protagonista de su historieta.
A la que le gusta saber los finales de las películas, sin verlas.

A la que a cada esquina, ansía un encuentro.
A la que cada carta, provoca un festejo.
A la que anhela tener unos prismas más grandes, para no perderse de nada.
A la que apuesta por una vida intensa.

A la que los cuentos alimentaron sus fantasías.
A la que el miedo muchas veces le quitó la perspectiva.

A ellas. A todas ellas, yo les dedico mis días. Mis penas y mis glorias.
A ellas, a todas las mujeres que habitan en mí, a toditas todas.
A la primera y a la última. Por y para ellas.

Katrina Viribendi


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