Mostrando entradas con la etiqueta Mujer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mujer. Mostrar todas las entradas

26 de diciembre de 2012

MUJER, me gusta cuando HABLAS porque estás como presente…


En noviembre de este año, el Poder Legislativo argentino aprobó unánimemente una importantísima modificación de su Código Penal, incorporando la figura del FEMICIDIO como agravante del homicidio. Gracias a este avance, la ley prevé una pena de cadena perpetua al hombre que "matare a una mujer o a una persona que se autoperciba con identidad de género femenino y mediare violencia de género". ¡¡Vitoreamos estridentemente este gran paso en pos de la igualdad de géneros!!


“Una revolución no es digna de llamarse tal si con todo el poder y todos los medios de que dispone no es capaz de ayudar a la mujer —doble o triplemente esclavizada, como lo fue en el pasado— a salir a flote y avanzar por el camino del progreso social e individual.” (León Trotsky).


Medea Paracas


2 de julio de 2012

Las carenciadas



De chica solía tener una pregunta recurrente, a la cual mis padres, en pocas ocasiones, sabían cómo responderme. ¿Por qué hay fotos de mujeres desnudas en los talleres mecánicos y no hay fotos de hombres desnudos en la mercería?
Como buena observadora y también impulsada por el aburrimiento que me causaba acompañar a mi mamá a “hacer trámites, compras y gestiones”, mientras ella le explicaba al mecánico el problema que tenía con el embrague o le mostraba a la vendedora de la mercería el tipo de botón que estaba buscando, yo me dedicaba a admirar todos los elementos que constituían el microcosmos de estos lugares.

Las mujeres desnudas en los talleres mecánicos me llamaban mucho la atención. “Mamá, ¿las esposas de los mecánicos no se ponen celosas porque sus maridos tengan fotos de otras mujeres desnudas que no son ellas?”. La duda se transformaba en persistente: ¿por qué no habían fotografías de hombres que invitaran al goce carnal ni en la mercería ni en la perfumería?

Con el paso de los años, fui obteniendo ciertas pistas. Afilando más mi vista, me di cuenta que las fotos de mujeres desnudas no eran algo que encontraba en todos los negocios donde reinaban los hombres, estaban sólo en algunos. En las pinturerías no las veía, en las ferreterías tampoco, en los negocios que arreglaban electrodomésticos, menos. Por su parte,  los colectiveros solían tener en los espejos delanteros de sus transportes los nombres de sus novias o esposas, tal vez algún oso de peluche o frases de amor dedicadas a ellas. ¿Acaso los colectiveros amaban y eran fieles, y los mecánicos eran lujuriosos y polígamos?
A las fotos de los mecánicos les añadí otro interrogante. ¿Por qué las mujeres son piropeadas de forma grosera e invasiva cuando pasan caminando por una obra en construcción y no pasa lo mismo cuando una mujer camina frente a un concesionario de autos o frente a una farmacia? Siempre pasaba lo mismo. Mujer que pasaba delante de una obra, mujer que recibía un comentario de connotación sexual. ¿Los albañiles y mecánicos eran de la misma especie? ¿Eran unos desaforados innatos hacia el sexo y la contemplación de la carne? Aún no lograba entenderlo.
Con 12 años me mudé para el centro y a la lista de albañiles y mecánicos libidinosos, le agregué la categoría de los taxistas. Mundo masculino casi desconocido por mí, me hizo experimentar que los piropos groseros no eran algo exclusivo de los albañiles. Los taxistas tenían un muy buen repertorio de halagos, que solía ser más intenso cuánto más joven era la señorita en cuestión. Tras conocer a este nuevo grupo de “testosteronados”, me formulé otra pregunta: ¿le dirían las mismas cosas a sus hijas? ¿Miraban y piropeaban burdamente el cuerpo de sus sobrinas, nietas, primas, etc.,  igual que lo hacían con aquellas púberes que adornaban el espacio público de la ciudad?

Pasaban los años y mientras crecía, mis planteos se iban regenerando: ¿por qué las mujeres no piropean? ¿Por qué no tienen fotos de hombres desnudos? ¿No tienen esa necesidad? ¿No les gusta? ¿Por qué los hombres hablan continuamente de sus masturbaciones como algo que los enaltece y hacen de las mismas una competencia en frecuencia e intensidad? ¿Las mujeres nos masturbamos? ¿Por qué nunca hablamos de eso? ¿Por qué ellos utilizan pornografía y nosotras no? ¿A nosotras sólo nos erotiza el amor? ¿Estamos condenadas a buscar príncipes que jamás hallaremos?

Recuerdo que siendo adolescente, en una merienda con amigas, nos pusimos a imaginar “la primera vez”. Todas acordaban que el debut sexual debía ser con un hombre experimentado, alguien que supiera ya los oficios del amor, que nos “guiara”. ¿Por qué el hombre debía enseñarnos? ¿Quién nos había robado el derecho a aprender a la par? Con el tiempo, empecé a encontrar alguna que otra respuesta. 

Sospeché que la mujer de la mercería no tenía fotos de hombres desnudos no porque no tuviera esa necesidad, sino porque fue privada de ella. Alguna vez oí decir que el machismo lo bebe el hombre del pecho de su madre. Bronca e impotencia sentía cuando me daba cuenta que las mujeres nos habíamos auto-infligido tal discriminación. Desde niñas, aprendimos el rol de madres puras y castas, y cuando miramos las telenovelas condenamos a las amantes que seducen a los hombres y los satisfacen sexualmente; son las “malas” que los dominan a través de la cama. Esas, no son buenas mujeres. Las buenas mujeres son las que ocultan su sexualidad.
Pese al devenir de la historia, el escenario no cambiaba. Del mundo de los albañiles y mecánicos, me sumergí en el planeta del “mejor no te acuestes en la primera cita, porque no te van a tomar en serio”. Las mujeres podíamos caer en la tentación de ser “rápidas”, de masturbarnos, de gozar del sexo, de realizarlo con infinidad de hombres. ¡Qué peligro! Debíamos estar alertas. No podíamos ser como ellos. Nosotras éramos más profundas y sensibles. Nosotras tenemos el mandato natural de reproducir la especie. Ellos, eran de otra naturaleza. Nosotras de Venus y ellos de Marte. Nosotras en la mercería y ellos con los autos. Nosotras carentes de lujuria; ellos, el Dios que nos juzga y nos invita al pecado.
 Menos mal que crecí en una sociedad posmoderna y liberal. Gracias que existen los test de la Cosmopolitan, la depilación definitiva, el botox, las dietas de la Luna, el topless y las cremas anti-celulíticas. Acaso, ¿necesitamos algo más?


Katrina Viribendi


16 de abril de 2012

Postales desde el supramundo: La duda


Esa mañana Marita estaba indecisa. Se había despertado con una sensación de inconformidad que desde antaño no sentía. Emoción ajena, que había olvidado en pos de gratificaciones materiales.
Mientras desayunaba y leía el diario en su cama, dudaba si ir al juego de bridge, que cada miércoles por la tarde tenía con sus amigas de la Fundación, 
o si deleitarse con el rico té que Teresita Campos Vieytes organizaba en el Club de Golf por motivo de su quincuagésimo quinto cumpleaños. 
A Teresita no podía fallarle. En su último viaje a París, le había traído unas cremas divinas y bien costosas, pero a las chicas del bridge tampoco podía defraudarlas.
En medio de su crucial dilema, le vino a la mente la frase que tan vergonzosamente hacía dos días le había dicho su mucama Juanita: “Señora, estoy embarazada de 4 meses”.

_ Pero, escuchame una cosa Juanita, ¿vos esto lo tenías planeado? ¿Qué pasó? ¿Así de repente me lo decís? Sabés, que Albertito Jr. llega dentro de dos meses de EE.UU y va a venir con su novia, que además es norteamericana, ¡no poca cosa che eh! ¿Qué voy a hacer yo, Juanita? ¿Cómo encuentro alguien de confianza en tan poco tiempo para reemplazarte? ¡¿Cómo hago para arreglarme con los chicos recién llegados?!

“¿Y no pensaste en abortarlo? Digo, ya tenés 4 nenes, ¿no te parece que 5 ya son muchos? ¿Cómo van a mantenerlos Dieguito y vos? Si necesitás alguna ayudita económica para esto del aborto, ya sabés, en mí podés confiar. Yo, boquita bien cerrada. Aunque sea muy católica, en estos casos como el tuyo, hay que manejarse con otras reglas, ¿sabés?”
Eso fue lo que pensó Marita por dentro, pero no se animó a decirle a Juanita. Tampoco se lo confesaría a su párroco. A él le diría que ni bien se enteró, se puso a tejerle un par de escarpines y mantitas con las lanas holandesas que Catita tan gentilmente le había traído hacía unos meses de Utrech.
¡Qué tiempos moviditos le esperaban! Mucama embarazada y por ende, con licencia, e hijo recién graduado de MBA en Yale que venía unos días a visitar a su familia y presentarle su nuevo amor con acento inglés.
Además, no había que olvidar que se había ofrecido para organizar la cena de Fin de Año de la Fundación, donde tres días a la semana concurría en calidad de voluntaria. Pocas ganas tenía la verdad. Pero, había que recaudar fondos para la escuelita fronteriza que este año habían decidido apadrinar.
Terminado el desayuno, Marita seguía indecisa: ¿el té de Teresita o el bridge con las chicas? ¿Despido a la mucama antes de que me venga con un sexto embarazo o me busco una temporal que la reemplace? ¿Pata de cordero con trufas como plato principal para la cena de Fin de Año o salmón al papillote con verduritas de estación glaseadas?

Mientras intentaba encontrar alguna definición ante tantas dubitativas, se puso a mirar un poco de televisión con el afán de distraerse. Mientras ojeaba la Vogue y escuchaba las noticias matinales de la CNN, leyó la publicidad de una entrevista a un tal “Eduardo Galeano”. El nombre le sonaba, era uno de estos escritores latinoamericanistas. Lo que no recordaba era su nacionalidad: ¿colombiano o peruano? Daba igual. Lo que le llamó la atención fue la cita textual con la cual se promocionaba la entrevista a este buen hombre: “La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo.”
Enseguida se iluminó. Lo llamó a Alfonsito y le pidió que cambiara la frase de cabecera que habían escogido poner en las invitaciones de la cena de Fin de Año de la Fundación “Creando sonrisas”.

_Alfonsito, querido. ¡Encontré una frase mejor! Más adecuada a nuestra labor de ayuda para con nuestros semejantes. Te la leo. ¡Es brutal! ¡Te va a encantar!

Alfonsito la escuchó atentamente e intentó explicarle que la frase estaba en  disonancia con los principios regidores de la Fundación. “Marita, nosotros ejercemos caridad cristiana, ¿cómo puede ser eso humillante?”- sentenció Alfonsito.
Marita volvió a dudar. ¿Acaso la frase no decía que debíamos ser caritativos, que debíamos ayudar al prójimo y tenernos respeto los unos con los otros? ¿No era eso lo que predicó Jesús?
Evidentemente, hoy todo la hacía dudar. Otra vez la bendita inconformidad. Se dirigió al baño y abrió la ducha. Nada mejor que un poco de agua fría para despejar la mente. ¿El tesito con Teresita o el bridge con las chicas? Estaba claro. Hoy no iba a ser un día fácil. Y los que le seguían, tampoco.


Angustias Declive

26 de marzo de 2012

La división sexual de los pareceres



A Marcia le encantaba sentarse bajo su araucaria favorita. Todas las tardes, en especial aquellas de primavera y verano, iniciaba junto a su hermana Mailén el ritual de posarse debajo de su venerado árbol y pasar allí horas y horas, hasta que la luz de la noche y los deberes domésticos les indicaban que ya era tiempo de volver a casa.
Marcia siempre decía que fue la araucaria la que la eligió, que a ella no le había quedado otra opción que admirarla. Ella y su hermana se habían vuelto cómplices allí; la araucaria había logrado unirlas. Lo cierto es que debajo de ese árbol las hermanas encontraron un pequeño refugio donde compartir alegrías, tristezas, chismeríos, amoríos y confidencias. Años después, Marcia lo describiría como el lugar exacto donde conoció la felicidad. Fue breve, según lo explicó, pero muy intenso.
Mailén solía llevar su flauta y tocar aquellas canciones pueblerinas que su abuela Azubeli les cantaba de niñas. Cada vez que lo hacía, a Marcia las lágrimas le brotaban por sus ojos y le decía a su hermana: “Mailén no recuerdo ya la voz de la abuela, rememoro sus canciones, pero pese a todos mis esfuerzos, no logro recordar su voz”. Esto a Marcia la inquietaba. Su abuela había sido una figura muy fuerte en la infancia de las niñas, y para ella, haber perdido en su memoria la voz de Azubeli, era sinónimo de haber permitido que el olvido se haya adueñado de lo más preciado de su temprana vida: las canciones de la vieja vasca.
Una tarde, mientras se ponían al corriente de las últimas novedades del pueblo, como el casamiento de los Márcico y la separación de los Almendi, Mailén le comentó a Marcia lo que había escuchado en la panadería de Carmencita. “Parece ser que el Alberto Ramírez dejó embarazada a Rosalía Ventruosco. Pero eso no es todo. Según comentó la Ramona, Rosalía tiene intenciones de tener al hijo sola y no quiere casarse con Alberto. ¿Lo podés creer? ¡Esa mujer está loca! ¡¿Tener al hijo sola y en este pueblo?! No sabe lo que hace”- sentenció Mailén.
_“Yo sí creo que sabe lo que hace”- afirmó Marcia.
_“Lo que me extrañó fue el comentario de Don Tulio, el esposo de Carmencita. Según el panadero, es mejor que lo tenga sola al hijo, total el Alberto no es bueno para nada. Más complicaciones le traerá el tenerlo como marido, que si se libra de él. Pero, dejar a un niño sin padre, ¿dónde se ha visto Marcia?”-preguntó asombrada Mailén.
_“¡Tampoco me parece tan terrible che! ¿Por qué Rosalía no puede ser madre soltera? ¿Dónde está escrito que una mujer deba casarse cuando está embarazada? ¿En el manual de usos y costumbres del pueblo? Mejor que no se case, al menos así se ahorra las discusiones y peleas que trae aparejado cualquier matrimonio. Además, no es que por no casarse, deje sin padre a su hijo”.
_ ¡Ay Marcia por favor! ¡Ya te parecés a las feministas de las revistas que lee la Teresa! Esas que se la pasan despotricando contra los hombres y resulta que son todas unas rencorosas, resentidas, arrugadas y malhumoradas. ¿Vos querés terminar así, eh?
_¡Ay no exagerés hermanita! –replicó Marcia. Pero, ¿no hay veces que creés que existe una división sexual de los pareceres? Es como si hombres y mujeres no pensáramos del mismo modo.
_¿Qué decís? ¡Sí Marcia, ellos son de Marte y nosotras de Venus!- ironizó Mailén.
Marcia río y río. Luego de eso, se abrazó al tronco de la araucaria, lo llamó a su perro Dasán para que se recostara junto a sus pies, y comenzó a cantar una de las canciones de Azubeli: “Dios las tenga bien guardadas y protegidas. Dios sepa cuidarlas bien. Aquellas mujeres de rostros sublimes que el tiempo sepultó en su haber. Cuídalas Señor mío, no dejes que su honor se manche otra vez. Protégelas del rencor y del olvido, déjalas dormir en paz esta vez”. Por un instante, Marcia creyó recordar la voz de Azubeli. Pero la fugacidad del momento no imprimió el recuerdo en su memoria, y como si jamás la hubiese escuchado, volvió nuevamente a añorar la voz de su abuela. Algún día la recordaría, de eso estaba segura.


Eneka Etxea

29 de octubre de 2011

MEDEA




Mujer, que tuerces el destino,
devuélveme la fe.
Mujer, que habitas en la penumbra,
hazte ver.
Mujer, que amas sin mesura,
envuélveme otra vez.
Mujer, que deseas con locura,
sacia tu sed.

Mujer, que atraviesas los mares,

retorna a mí.
Mujer, que todo lo sabes,
no reveles mi fin.
Mujer, que todo lo callas,
grita por mí.
Mujer, que todo lo padeces,
ahoga tu sufrir.

Laurencia Melancolía
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...