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3 de septiembre de 2012

Utopías postergadas



Hace tiempo que ronda en mí la desazón de encontrarme en una encrucijada que me llena de impotencia, malestar y tristeza. Sé que debo salir de ella, pero aún no sé cómo. Seguramente, habrá cursos de capacitación, charlas informativas, artículos académicos, etc., que aportarán cierta luz ante tal pronóstico de penumbras. Sin embargo, sospecho que ninguna de estas herramientas será tan eficaz como la pretendida utopía de imaginar un mundo mejor.

Educar en valores pareciera ser el pilar fundamental para construir una sociedad más justa, igualitaria, solidaria y democrática. Las escuelas poco a poco, permearon sus férreas puertas y comenzaron a introducir esta temática en sus clases, con el fin de formar ciudadanos responsables para consigo mismos y para con su entorno. Bajo esta premisa, la escuela intenta “fabricar” sujetos amables, respetuosos, solidarios, cooperativos, detractores de todo tipo de violencia verbal o física, bondadosos, generosos, organizados, honestos, protectores del medio ambiente, etc. Sin embargo, estos modelos del “deber ser” chocan cotidianamente con una realidad que les es totalmente ajena. Y los alumnos, con justa razón preguntan y cuestionan continuamente estas formas de proceder que resultan tan lejanas a su diario transcurrir.

Justicia basada en normas acordadas por todos, resolución pacífica de los conflictos, empatía, mediación, etc., suelen ser palabras que poco eco hacen en las aulas ante un público que sospecha que ninguna estrategia de este tipo los ayudará a sortear los obstáculos que esta cruel selva social les impone cada día. Uno a veces se queda sin recursos convincentes, ya que cada vez más los ejemplos del “buen proceder” se agotan y comienzan a escasear. Basta con salir a la calle, prender la televisión, asistir a un evento deportivo o toparse con alguien que piensa y acciona diferente a nosotros, para atosigarnos de agresiones, insultos, violencia, ultrajes, maltratos, discriminaciones, rechazos, etc. La norma vigente parecería ser la intolerancia, la crueldad, la desprotección, el abuso, la falta de respeto, el racismo, el odio, la venganza, etc. Y ahí es cuando un humilde ciudadano se pregunta qué pasó con las normas legales, con las instituciones, con aquella cultura de la paz promovida desde los ámbitos académicos e intelectuales, las cuales deberían haber hecho algo para frenar esta oleada de violencia tan descarnada.

Cuesta enseñar los derechos humanos plasmados en una constitución nacional cuando las crónicas cotidianas nos muestran que la realidad dista enormemente de lo que dormita en un papel. Los argumentos que otrora resultaron sólidos, perecen ante las evidencias. ¿Qué debemos hacer los que no queremos postergar nuestras utopías? Tal vez, robarles a los creyentes un poquito de fe…

Laurencia Melancolía

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