20 de agosto de 2012

Ferragosto

Gracias a la campaña publicitaria de una conocida marca de bebida ahora cualquier urbanita puede tener su pueblo.  Tan fácil como sentirse huérfano, de ese lugar de toda la vida, llegado este momento crítico del año  y pedir la adopción. Se ve que pueblos hay que añoren al veraneante, que echen en falta esa peregrinación de almas contaminadas por el mundanal cosmopolitismo.

Yo sentí esa carencia. Años y años de campamentos, clases y viajes de intercambio cultural no llenaron ese vacío. Yo quería mi propio pueblo. ¿Por qué otros niños sí lo tenían? No había respuesta. Llegaba finales de junio y otra vez la letanía de aprovechar el verano. Actividades diversas, estimulantes, instructivas.  Pero yo  no quería hacer nada más que escaparme a ese pueblecito de paredes blancas que había visto en las postales que me enviaba mi amiga Raquel. No podía evitar envidiarle. Su propio pueblo, donde cada año volver. Y sobre todo, donde nadie le decía  lo que tenía que hacer. Con su río donde bañarse, con sus bicis, helados, primos y vecinos con los que jugar, calles llenas de personajes misteriosos, excursiones a parajes fabulosos. Mi imaginación se empezaba a desbordar. Sus historias tras cada verano me daban cada vez más elementos. Lo empecé a tener claro. Inventaría mi propio pueblo.
Y así hice. Del sur. Serrano. Y como no, de blanquísimas paredes de cal. Chimeneas cónicas. Unas majestuosas montañas recortando el horizonte, como una ballena varada en un azul mar. Chicharras y grillos monocordes. Una fuente cantarina en la plaza. No soy creyente, pero no pude evitar la iglesia con su campanario, le daba señorío. Una pequeña casa, con tejado de pizarra y unas escaleras donde poder sentarme y dejar pasar las horas, sin prisa, sin más. Y la noche, la fabulosa noche de la que tanto había oído hablar, cuajada de estrellas, donde era posible ver la Vía Lactea y la Osa Polar.

Cada vez que me quería escapar de un aburrido panorama solo tenía que cerrar los ojos y cruzar el umbral de esa casa. Y allí estaba, en Ferragosto, mi pueblo, mi refugio.
Aún hoy no puedo olvidarme de esa postal, de ese pueblo. Ya adulta lo he buscado pero no lo he conseguido encontrar. Como me gustaría cerrar los libros, bajar la persiana, cerrar con llave. Saber que me pudiera exiliar a ese Ferragosto de mis recuerdos en el que todo es más fácil y llevadero, donde todo se puede borrar y redibujar a mi antojo.
Viridiana


4 comentarios:

  1. Esos pueblos de los que hablás Viridiana, reflejan también esa migración interna que tanto caracteriza a España y la torna tan variopinta y diversa, nuestro continuo ir y (de)venir humano. La mayoría tiene un pueblo al cual volver, y vos también !!! qué vasta y ágil imaginación!!! sin dudas, no hay carencias que puedan contra ella !!!. Gracias por permitirnos visitar Ferragosto !!!!

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  2. Yo te cedo mi pueblo, de tanto usarlo yo con lo que soñaba era con conocer espirutus mas urbanitas..

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    Respuestas
    1. Siempre añoramos lo que no tenemos, escaparnos, donde sea...No se puede idealizar la vida en los pueblos, desde luego.

      Un besote gordo PJ!!

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