13 de agosto de 2012

Postales desde el supramundo: El amor


Hacía tres días que Marita estaba exhausta. Ya se habían ido Albertito Jr. y Samantha de vuelta para Boston y ella aún no se recuperaba del trajín que le ocasionó la visita de su hijo con su futura esposa modelo norteamericano del ’87. No había aspirina que calmara sus fuertes jaquecas ni masajista que pudiera aflojar semejante tensión.
Marita era una mujer fuerte, pero las idas y venidas entre almuerzos, cenas, reuniones y presentaciones familiares de la nueva pareja, la habían dejado molida, física y mentalmente.
Por eso su marido, Alberto Echegoyen-Lucrault, le había sugerido hacerse una escapadita a la Micronesia. Ya habían pasado varios años desde su última estadía en tan paradisíacas playas, y tal vez un respiro podría resultarles reconfortante a ambos.

_ Ay Albertito querido, ¡vos siempre sacás estas ideas tan descabelladas! ¿Te parece que yo me puedo ir de vacaciones justo en esta época del año? Pero che, ¡fíjate en el almanaque por Dios! ¡Faltan 3 semanas para que se acabe el año! Yo tengo que presidir la cena de fin de año de la Fundación, preparar los envíos de postales de Navidad, ir a Caritas a llevar la ropa que este año no usamos, ni hablar de la  organización de la cena familiar por las Fiestas  y además, ¡asistir a todos los miles de eventos que se acumulan en estas fechas! ¡Albertito bajáte de la palmera te lo pido por favor, aterrizá en planeta Tierra urgente mi querido!

_ Mirá Marita, ¡no exagerés! Fue un comentario simplemente, irnos nomás una semana, hacer un break antes de fin de año, cambiar un poco el aire. ¡No es para que te pongas de esa manera ni me hagas quedar como un reverendo estúpido que no sabe donde está parado! ¡Como siempre, vos ante cualquier iniciativa mía, decís que no! ¡Dejalo así, mejor hacé de cuenta que no te dije nada!

A Marita le subió la presión. Cosa frecuente cada vez que tenía algún entredicho con Albertito. La sacaba de sus casillas que su marido le hiciera esos comentarios tan desubicados cuando ella se encontraba tan atareada. Sentía que en algún punto Albertito la subestimaba. Ella sí tenía cosas serias que hacer. No era ninguna ama de casa cualquiera que perdía su preciado tiempo pintándose las uñas.
En el fondo, lo que más la mortificaba era que Albertito siempre fue así. Cada vez que ella le hacía un planteo de las miles de cosas que tenía pendientes de hacer, su marido le salía con respuestas del tipo “bueno, tomate unos días de vacaciones”, “incrementá las clases de yoga”, “pedile un turno extra a tu psicoanalista”, “pintá una mandala”, “andáte un finde de spa”, etc.
Como si esas “mágicas soluciones” que Albertito le proponía, fuesen a atenuar la incesante actividad de sus nervios. Ella buscaba descargar la presión que en no pocas ocasiones la desbordaba, y él, le respondía con comentarios fuera de lugar, bromas sutiles que su retorcido ingenio sabía decodificar.
Pero bueno, en el fondo Albertito había sido un buen marido. Que ella supiese, no le había sido infiel, cosa que ella agradecía enormemente, claro. Al menos, si alguna vez tuvo una amante, supo darle a ella el respeto merecido al manejarse con excelente decoro y clandestinidad. Por otra parte, Albertito se esforzó en transformar la empresa familiar en un lucrativo holding, no era ningún vago que especulaba con acciones. Un laburante de los de antes, esos que incluso trabajan los domingos, pero con saco y corbata.
Junto a él, pudo disfrutar de grandes lujos, recorrer medio globo terráqueo y vestir tal cual mannequin de pasarela parisina. A su lado, cumplió su preciado sueño de ser madre y dio a luz tres criaturas, devenidas hoy en adultas, grandes promesas de las cuales sentirse orgullosa. Aunque con Sabrinita, la más pequeña, había tenido varios percances.
Albertito tampoco había sido un marido demasiado requirente. Nomás había estado un poco calentón los primeros años de matrimonio, hecho esperable durante la juventud, pero con el devenir del tiempo, se había transformado en un hombre apacible y poco demandante. Supo darle espacios de libertad, jamás cuestionó sus usos de la tarjeta de crédito y dejó que Marita decorara íntegramente la casa seis veces sin siquiera chistar. Vivir durante meses rodeado de albañiles muchas veces resulta tedioso, sin embargo, Albertito supo bancársela para darle el gusto a su esposa.
Por eso, Marita sabía que había elegido bien. No es que le había tocado la lotería, pero había transitado el camino correcto. ¿Si alguna vez había estado enamorada de él? Eso nunca lo supo, y tampoco la inquietaba. Tal vez, el amor marital había sido una de las pocas cosas que Marita no había saboreado de este mundo. Igualmente, miraba a su alrededor y pensaba que mucho no se había perdido.

Angustias Declive

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