1 de octubre de 2012

Arqueología industrial



Buscando este verano vestigios de antiguas culturas y civilizaciones topé con las ruinas de una antigua mina de pirita de cobre, en Lousal, en la bellísima región del Alentejo, Portugal. La mina estuvo en funcionamiento hasta los años 80 del siglo pasado, siendo abandonada finalmente por no ser rentable. Los vientos de la economía global barrieron su porvenir pero no el espíritu de unos edificios, máquinas, herramientas, que parecen estar tal y como quedaron el último día que se extrajo el mineral del vientre de la tierra roja.



En el Alentejo dejaron su impronta antiguas culturas. Son notables sus vestigios del Neolítico: Crónlechs y menhires nos recuerdan que el hombre siempre temió estar solo en el cosmos y que necesitó conjurar sus miedos. Las infinitas dehesas doradas, salpicadas por encinas y olivos, nos hablan de la ambición del Imperio Romano, que convirtieron esta tierra en su despensa de trigo y riquezas. Asimismo, la huella musulmana se retrata en la fisonomía de cada uno de sus blancos pueblos y en el interior de sus cocinas, con el uso gustoso del cilantro y la cataplana.

El paisaje es un libro de historia abierto, de historias pretéritas y contemporáneas que se estratifican sucesivamente. La arqueología nos ofrece una mirada sobre la relación del hombre con su entorno, de como lo modifica, de como lo adapta a sus necesidades y ambiciones, de qué hemos sido y en definitiva, somos.

La globalización está cambiando nuestros paisajes. La mina de Lousal permanece abierta al visitante, con las herramientas y maquinarias que sus hombres amaron y odiaron a partes iguales. Máquinas y herramientas que a ojos de una arqueóloga aficionada son un tótem de la era industrial, ya parte de la historia.













Viridiana, texto y fotos

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