Mi
decisión de apuntarme a un curso de escritura creativa fue espoloneada por el
afán y la ilusión de explorar en el asunto, aprender recursos, coger tablas…
hablando en plata, por cierto narcisismo, por reconocerme en el espejo como
escribiente. Me imagino, que como muchos, buscaba abrir esa puerta que permitiera
comunicar con las palabras e historias que presumía agazapadas en algún lugar
de mi inconsciente. ¡Qué gran pretensión! Esas historias se resistían, probaba
y probaba pero no conseguían mucho avance. Entre las cuatro paredes de esa
clase semanal escuché atentamente y leí historias ajenas y propias, que
hablaban más de misma de lo que me pudiera imaginar en un primer momento. Aprendí
que lo que narramos, todos los dóciles actores puestos en escena, no dejan de
ser un trasunto de nuestro yo, un eco de tantas cosas que a simple vista pasan
desapercibidas, una amalgama de contrarios en lucha.
Finalizó
el curso y la profesora, paciente, me prescribió una serie de lecturas, con la
aspiración de que en algún momento mi “escritura” pudiera perder el corsé
autoimpuesto, el miedo a dejarse llevar hacía donde quiera que las palabras
puedan llegar. García Márquez y Nabokov, entre otros, en la receta. Faltó una gran novela.
Exuberante. De adjetivos maduros y evocadores. Voluptuosa. Leer Middlesex de Jeffrey Eugenides es sumergirse en un río y dejarse arrastrar por la
fuerza de una saga familiar. Es dejarse seducir por la narración en primera persona de Calíope-Cal
Stephanides, del descubrimiento de su identidad. La novela deslumbra y alumbra al mismo tiempo,
sumerge en la intimidad del alma de un gran personaje que valientemente mira a
su destino y se muestra sin máscaras.

Calíope nos regala una frase memorable para tatuarse en la piel:
“…Mientras
que yo, incluso ahora, persisto en creer que esos signos negros trazados en
papel blanco son de la mayor importancia, y que si continúo escribiendo lograré
atrapar el arco iris de la conciencia y guardarlo en un tarro. El único
fidecomiso que poseo es este relato y, a diferencia de la prudente clase
privilegiada, estoy echando mano del capital principal, gastándomelo todo…”
Viridiana
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