7 de agosto de 2013

Trinidad tiene triple personalidad



A las 7 de la mañana de un mes de julio, el calor ya hace imposible que sigas durmiendo en la ciudad de Trinidad, provincia de Sancti Spiritus, Cuba. Tampoco el bullicio de la calle te da tregua. Ducha bien fría, desayuno en la mesa decimonónica de una antigua casa colonial y a la calle.



Trinidad brilla desde primera hora de la mañana, los cocotaxis se afanan por sus callejuelas, el que reparte las botellas de leche del estado no da abasto con la cola, los guajiros cruzan a caballo de camino a sus fincas, los jineteros se desempolvan la juerga de la noche anterior para volver a la caza de turistas, los chevrolets y demás coches antiguos, aún resisten por las calles empedradas. En Trinidad sólo dormita su historia ya que su gente bulle y da vida a esta ciudad anclada en el tiempo.

Situada entre el Valle de los Ingenios y playa Ancón esta joya colonial del Caribe pasa sus días. Sus calles empedradas están pobladas de casas coloniales fastuosas, con rejas en las ventanas de espíritu decadente y de otro tiempo, pareciera que sus antiguos dueños aún observan detrás de ellas.




La Villa de la Santísima Trinidad fue fundada por Diego Velázquez de Cuéllar en 1514, parada obligada hacia la conquista de nuevos territorios. En el siglo XIX vivió su esplendor por las grandes fortunas que se amasaban en las plantaciones azucareras que tenían en el valle familias como los Iznaga o los Borrell, esto explica las grandes casonas y palacetes que le han valido la declaración de Patrimonio Cultural de la Unesco en 1988 junto al Valle de los Ingenios. Actualmente es una de las ciudades coloniales mejor conservadas de America Latina, un museo al aire libre que sus habitantes y arquitectos se empeñan en cuidar y conservar como oro en paño.



Su reloj se paró junto a la máquina de hacer dinero de los terratenientes esclavistas del azúcar y Trinidad entró en letargo. Los cantos de sus calles se durmieron, los palacios quedaron huérfanos, las casonas hibernaron. Es por ello que en el siglo XXI, uno puede pasear por Trinidad y sentirse parte de otra época. Si bien algunas calles parecen un precioso decorado hecho para el turista, si uno se aleja un poco de la plaza mayor puede conocer la auténtica vida cubana.




Creo que no hay lugar mejor para vivir lo que se cuece en la ciudad que sentarse en un banco del Parque Céspedes y dejar pasar el rato. No hay posibilidad de aburrirse con su gente, pasará la señora que limpia las calles y te contará como le va a su hijo en el colegio, el taxista que insiste en negociar precio para llevarte a la playa en su chevrolet, el jubilado madrugador que te explicará la historia de su familia, del país y sus impresiones sobre el régimen, hasta que otro lugareño inoportuno, interrumpa su plática.

Trinidad tiene triple personalidad, igual que la mujer a la que se refiere la canción que cita el título. La que le da su pasado glorioso, la que le regala su gente en cada esquina y la que rezuma la música, constante en todos sus rincones. Sin duda, uno no puede irse de este mundo sin pasar una noche en Trinidad, Cuba.



Ultramarinos Bodeler

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