15 de octubre de 2014

Nicéforo y Marciano


Cada año  en los primeros días de octubre si el tiempo da tregua,  Nicéforo de Roa se afana preparando las vendimias. Parco y seco como buen burgalés de la ribera del Duero, conoce como nadie las virtudes y caprichos de las viñas.  Su belleza y su dureza. Aprendió los secretos de su padre y este a su vez de sus abuelos y él se los enseñará a sus nueve hijos, hoy  algunos en edad de ayudarle entre los surcos, otros aún demasiado pequeños. Son los convulsos años 30 pero él trabaja sin descanso la misma tierra que sus antepasados,  la herencia de una família, de un pueblo entero criado entre viñedos, lagares y bodegas.

Después de refrescarse y coger el atillo del almuerzo que le ha preparado su mujer. Prepara el carro y los conachos para bajar hacia el viñedo meciéndose al compás de su traqueteo y la melodía de las herraduras acariciando el suelo.

Como cada año, en los primeros días de octubre, si el tiempo da tregua, Marciano de Roa se afana preparando las vendimias. A pesar de contar ya con bastantes años, sigue mimando a sus vides como si fueran sus hijas, las poda, les quita la uva necesaria y las hojas molestas. Su padre le enseñó sus virtudes y sus secretos pero desde su infancia muchas cosas han cambiado, algunas costumbres antiguas se conservan pero está todo mucho más regulado.  En el siglo XXI,  continúa el testigo que le dejaron sus antepasados. Le gusta colmar de caprichos a las vides y dedicarles todo el tiempo posible, como una forma de mantener viva la ilusión de su familia y sentirse partícipe en la elaboración de los excelentes vinos de la Ribera.

Después de ducharse y hacerse unos bocadillos para las largas colas que hay en la bodega, prepara el remolque y el tractor para bajar al viñedo con la cuadrilla, meciéndose entre los recuerdos del carro de su padre Nicéforo cuando él sólo era un niño.  

Como cada año, en los primeros días de octubre si el tiempo da tregua, la Vid espera cargada de uva a que se lleven el fruto con el que elaboraran el vino. Desde su pequeño promontorio dispuesto en surcos perfectamente emparrada junto a todas las demás, divisa todo el pueblo día y noche, día tras día, año tras año, siglos tras siglo. Recuerda todos los rostros que la vendimiaron, linajes enteros que trabajaron la tierra a sus pies.  Tiempos de paz y de guerra, de alegrías y penas, de pobreza y riqueza. Tiempos tan distintos y tan iguales a la vez. Pero ella siempre sigue ahí plantada, frente al castillo de Haza premiándoles con uva su duro trabajo. Ya sea con carros o tractores,  con la mano o con las  máquinas, si el tiempo da tregua, siempre les ofrecerá la sangre de su tierra.




Ultramarinos Bodeler


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