8 de diciembre de 2014

Fast writing


Desde  Finlandia llega una noticia francamente sorprendente. Finlandia, el país con el sistema educativo más avanzado del mundo planea desterrar la caligrafía de sus aulas. Increíble. Incomprensible.

Según he podido leer,  a partir del agosto de 2016 se dejará de enseñar y aprender la letra cursiva y se pasará a la letra de imprenta. El tiempo hasta entonces dedicado al aprendizaje y práctica de la caligrafía será destinado al tecleteo de la mecanografía. Se argumenta que la escritura con letra de imprenta y el mecanografiado son más rápidos y eficientes. Eficiencia y funcionalidad: Esta música ya se ha convertido en clásica.

¿Pero cómo silenciar la cadencia de la escritura? 

¿Cómo dejar de lado este proceso tan profundamente personal?

La escritura requiere un tempo, escucharse, abrirse al papel en blanco. Es herramienta y reflejo de nuestro pensamiento. Nos ayuda a construir nuestras ideas, a pulirlas, a darles forma.  La escritura es ordenar el alboroto de la mente, plasmar sobre el papel, una letra tras otra, todo aquello hasta entonces innombrado. La neurología nos dice que es el acto de motricidad fino más complejo y elaborado, su aprendizaje pone en marcha un sinfín de procesos cognitivos, contribuye a la plasticidad de nuestra mente.

¿Es incompatible el ordenador y la escritura a mano? ¿La eficiencia y el dar espacio a la singularidad y creatividad? ¿La eficacia y el tempo personal? ¿La homogeneidad y el dejarse ver? ¿Las pautas y la flexibilidad?

¿Las aulas se tienen que convertir en un entrenamiento a la competitividad?

Tiempo, cocción, sacar fuera lo que desconoces que está dentro. Las aulas, como espacio de conocimiento de uno mismo y de los demás, de creación y construcción del lugar común, no pueden dejar de lado este arma de aprendizaje en estado puro, expansivo. Más letra por favor.


Viridiana




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