5 de noviembre de 2012

Los rugidos de los dioses presentes



Se revelaron ante mí hace ya casi 20 años, sentenciado que el envase exterior poco les importaba, ellos se dedicarían a cuidarme “solo adentro”. ¡¡Y qué adentro calaron!! Por momentos, llegué a pensar que la sangre que alimentaba mis venas corría y discurría con la misma intensidad que su sonora prosa.


Caifanes fue una banda que me abrió un mundo completamente desconocido para mí…el maravilloso y enriquecedor universo del rock mexicano. Por mis latitudes originarias, toda aquella producción rockera que fuese hecha tras sus fronteras poca relevancia cobraba, había demasiada buena producción local como para interesarse qué estaba haciendo el vecino. ¡¡Y qué suerte tuve al animarme a husmear qué se estaba cocinando a lo ancho y largo de Latinoamérica!!


En esa amplitud de miras, me topé con ellos. Fue un antes y un después tan particular, tan significativo, que me abrió la puerta no solo de un nuevo estilo musical, sino también de toda una cultura milenaria, a la cual Caifanes honró y rescató en cada una de sus canciones. Escucharlos, sentirlos, vivirlos, era también jugar a ser parte de aquella historia que pelea cada día contra las fuerzas que pretenden enterrarla, menospreciarla y sobre todo, negarla.


Con el correr de los años y tras la marcha de su guitarrista, Alejandro Marcovich, con el cual seguramente compartiré algo más que la nacionalidad, comenzaron su faceta de Jaguares. Cambio de rótulo nomás, porque la esencia siguió siendo la misma. La operación de garganta de Saúl Hernández (cantante y uno de mis tantos amores platónicos adolescentes) le imprimió a la banda una desgarrada voz que profundizaba aún más su mensaje divino y místico a la vez.


Aún siguen regalándonos buenas dosis de su buen hacer, y los que tienen la suerte de vivir de la línea del Ecuador hacia el norte, precisamente del lado occidental de la esfera terrícola, pueden ser parte de aquellos maravillosos conciertos, que más de uno certeramente calificó de “majestuosos rituales”. Es que esta banda siempre se caracterizó por imprimir un sentido de comunidad entre sus seguidores. Tal vez, porque sea la forma en la cual entienden y transcurren sus propias vidas o quizás, porque es la manera que mejor refleja aquel espíritu indigenista que a mi entender, atraviesa su obra musical.


Como el tiempo es un constante fluir, y la historia tiende a repetirse, Jaguares volvió a su denominación original, volvieron a ser Caifanes. Pero, afortunadamente siguen rugiendo con las mismas ganas que antaño. Es que la esencia no cambia, dicen los sabios, y ellos por suerte, tomaron nota de este lema.



Aquí, sigo a la espera que los dioses ocultos se revelen nuevamente ante mí. Aunque a decir verdad, de alguna forma, siempre estuvieron presentes. Tanto o más que el rugido del jaguar en las culturas precolombinas, tanto o más que el mito que los crea y recrea. Mientras aguardo, voy rezando: Y vienes desde allá donde no sale el sol, donde no hay calor, donde la sangre nunca se sacrificó por un amor, pero aquí no es así. Vienes caminando ignorando sagrados ritos, pisoteando sabios templos de amor espiritual. Largas vidas siguen velando el sueño de un volcán, para una alma eterna cada piedra es un altar.” 



Medea Paracas

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