23 de enero de 2013

EL CUENTO DE LA LUNA MORA

“Incluso en estos tiempos de aprender a vivir sin esperarte, todos los días tengo recaídas y aunque quiera olvidar no se me olvida que no puedo olvidarte, la la la”….

- Carlos ponme otra  beer por favor!- grité
- Vos no tenés fondo colega! son las 5 de la tarde y ya andás por el piso, boludo!

Pero no le escuchaba, tan sólo oía esa canción de Sabina en la radio, susurros aguardentosos desde la terraza del bar la cueva de la Luna Mora, frente a una mesa redonda donde reposaban 10 o 20 botellines, ¿quién sabe? y ¿a quién le importa?

En estos tiempos de aprender a vivir sin esperarte…tiempos de aprender a vivir sin esperarte, me repetía sentado en una tasca alpujarreña, mirando las montañas, los árboles, sintiendo el calor intenso.. y sólo puedo pensar en ti. Parado, aturdido, ensimismado ante la sierra  que amenaza ensordecerte con el canto de las cigarras… y yo sólo puedo pensar en ti,  se me olvida que no puedo olvidarte. Serán las cervezas.

- Ponme otra Carlos! - grito- y sin querer llamo la atención de cuatro turistas que ríen entretenidos en la mesa de al lado. Están tan agobiados por el sol como mi perro Jan que me mira desde abajo con ojillos para que arranquemos finalmente y le lleve a casa.- Ponme otra Carlos!

Tienen pinta de catalanes, los turistas digo! Alice siempre me decía que quería ir a pasar unos días a Barcelona, pero nunca la escuchaba, nunca la tuve en cuenta, y cuando quise escucharla y oírla y tocarla y mecerla y mimarla, ya no estaba. Se fue. Quizás a Barcelona, quizás de vuelta a  Manchester, de donde habíamos salido siete años antes para venir a la Alpujarra, a cultivar naranjos y respirar el monte, conectar con la tierra y absorber su energía, rodando, como ella quería. Ahora le echaba tanto de menos que me dolía y cada cerveza me aliviaba: un grado más de alcohol, un grado menos de dolor. Y esa era la canción de mis últimas semanas, sentado en la cueva de la Luna Mora…

- Eh tú inglés!.... psss eh, sí hombre, tú, el cara pálida de la camiseta a rayas, ¿Quieres que te haga un conjuro, pisha?- me preguntó el Brujo, colocándose el sombrero que le compró a una gitana del Sacromonte.-La porrona se llamaba, quería prepararme un rabo de toro, te das cuenta? A mi edad, fíjate tú.- y se reía acaloradamente, sin dientes, al son de los mil collares que llevaba para decorar su personaje. -El problema- siguió- es que mi rabo ya no es de toro, que si no….la porrona no se olvida de mí en su vida, qué jamona! Jajaja Quieres que te haga el conjuro pa olvidar o no pisha??

El Brujo era, junto al piano, otro elemento imprescindible de las tardes de la Luna Mora. Nació en Cádiz y paso allí su juventud hasta que le dió por embarcarse en un pesquero- pa ganarme las perras-, como el decía. Con él llegó hasta Cuba, mientras aprendía el oficio. El día que atracaron en el puerto de la Habana, supo que tardaría en volver.  

Cuando lleva dos whiskys te cuenta que una mulata redonda le embrujó una noche, cuando lleva cuatro, confiesa que le encantaría que le volviera a embrujar, cuando lleva seis quiere hacerte un conjuro santero de los que aprendió con ella, cuando lleva ocho empieza a cantar boleros acompañando al piano y se olvida de ti, de la brujería y de la mulata.

- Carloooooss, carajo, ponme un botellín fresquito!! Este tipo, no nos quiere dar de beber verdad Jan? Y mi perro me devolvía la mirada, como intentando decirme con ella que el uruguayo era otra causa perdida como yo, moviendo la cola y tirando de mi camiseta a rayas,  intentaba en vano que nos fuéramos a casa.

Alice, incluso en estos tiempos de aprender a vivir sin esperarte, incluso en estos tiempos… todos los días tengo recaídas y me acuerdo de tus ojos, lagos en que mi alma tiembla y se ve invertida, como decía el poema que me leías. Me acuerdo de tu risa entre los naranjos que plantamos y crecieron, mientras tu amor hacía lo contrario hasta que un buen día escapó, mezclándose entre el agua del río que regaba el cortijo, con el que tantas noches soñamos juntos desde Manchester.  

- Esperá un poco boludo! No seás tan pesado, che! no ves que estamos intentando tender este mantel para que se seque con la solana? – me reprendió Carlos con su acento uruguayo-granadino, mientras intentaba realizar la tarea torpemente junto a su hijo.

Los cuatro turistas de mi lado, se reían y comentaban entre sí. Quién les iba a decir, que buscando un refugio del calor alpujarreño implacable,  iban a dar con la cueva de la Luna Mora, desfile de personajes pintureros, que entre cañita y cañita les regalaron los mejores momentos del fin de semana. ¿Quieren ustedes que les haga una conjuro, pishas?.- jajajajaaja

-         Buenas tardes nos de dios! -
-         Buenas tardes, comandante!.-
Acaba de entrar en escena el Che Guevara en bicicleta, ahora si que no me sirve la cerveza hasta mañana. Voy a insistir por si acaso…
- Carlos,  ponme otra beer , por favor! .
- La concha de tu madre!.
- Fuck you!

El che se reía, los turistas con cara de catalanes se rían, el brujo de Caí se reía y mi perro Jan deseoso de irse, consiguió levantarme de la silla. Ojalá se consiguiera con tanta facilidad levantar a Alice de mi mente, porque allí se había instalado desde que me abandonó y lo peor era que no pagaba el alquiler.  

El comandante me miraba con ojos hinchados, testimonios de una siesta demasiado larga, después de una noche demasiado larga, cuyos excesos no había conseguido eliminar de la sangre, su paseo en bicicleta. Escondido bajo una gorra verde y uniformado con camisa verde, también pretendía olvidar, en eso teníamos algo en común. La diferencia era que él quería olvidarse de sí mismo, de la desidia que le atrapaba, de la certeza de ser incapaz de encauzar su vida, pero la bicicleta no le ayudó a eliminar los excesos y allí estaba de nuevo, en la Luna Mora, dispuesto a seguir el ciclo de noches alcohólicas y días en la almohada.

…..Y aunque quiera olvidar no se me olvida, que no puedo olvidarte……..

-Cóbrame, me marcho!
-Pelotudo, “sha” te vas? Si hace una tarde reliiinda y recién se empieza a ambientar la cueva, inglés!
- Cóbrame Carlos, ya he bebido demasiado y no me sirve de nada. Me marcho, pasadlo bien.
- No quieres que te haga el conjuro, pisha?- Me insistió el brujo- va bien para las recaídas.
- Lo único que necesito es que ella vuelva y no lo hará.

…No lo hará… me repetía a mí mismo mientras me dirigía hacia mi furgoneta… no lo hará….incluso en estos tiempos… saqué la llave, abrí la puerta trasera.
- Jan métete en la furgo.- el perro me miró con ojos de sorpresa y me devolvió  un alarido tímido. La furgoneta está llena de cañas apenas queda sitio para mí, intentaba decirme. -Jan, metete en la furgoneta… no te lo voy a repetir, salta! -Y saltó, y se metió como pudo, como no tuvo más remedio.

Los turistas se divertían a nuestra costa, también llevaban demasiadas copas y Carlos me observaba burlón y beodo, pues por cada cerveza que servía, él se bebía otra detrás de la barra procurando que no le viera su hijo.

Me subí. Arranqué. Marcha atrás. A veces se atasca. Marcha atrás. Coño, creo que he chocado con la moto de Carlos! Uy. Tira, tira. Oigo las carcajadas de los turistas. Corre, antes de que Carlos se dé cuenta. Arranco. Pongo la primera, pongo la segunda, pongo la tercera…… Sólo me queda aprender a vivir sin esperarte, Alice. ….Incluso en estos tiempos…..

Ultramarinos Bodeler

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