4 de febrero de 2013

Carta a Manuel



Querido hijo:

Un domingo más me siento a escribirte, o mejor dicho, a escribirme. Hace un rato te fuiste para tu casa, después de compartir el tradicional almuerzo familiar. ¡Ay! ¡Cómo me cuesta decir casa! ¡Cómo me cuesta imaginar que tenés una casa que no sea ésta que te vio nacer y hacerte hombre! Me cuesta tanto, como cada mañana cuando paso por la puerta de tu dormitorio y no te veo ahí, luchando con el despertador para que te regale cinco minutos más de gozo.
Tu padre dice que soy una exagerada cuando digo que el nido se me está quedando vacío. Tal vez, él no tenga la sensación de que el tiempo pasa volando y que fue tan sólo hace unos pocos días, cuando te cosía los pantalones que destrozabas jugando al fútbol. O tal vez sí, él tiene la misma percepción del tiempo que yo, pero le cuesta reconocerlo, porque de alguna forma, admitir eso, es evidenciar que una parte de vos se fue para no volver.
En realidad, no debería quejarme. Cada domingo, me contás con lujo de detalles todo lo que hiciste durante la semana. Podría decir que ahora que no estás en casa, me entero más cosas de tu vida que antes. Pareciera que el distanciamiento en algún punto nos genera culpa y por ello, necesitamos crear un diálogo que anteriormente considerábamos inútil o sin razón. La convivencia desgasta y a veces, torna innecesarias las palabras. Es como si limara los deseos de comunicación y nutriera el individualismo. Ahora que no compartimos techo, el almuerzo familiar de los domingos se considera sagrado y requiere de la solicitud de turnos para poder hablar, ya que todos los integrantes estamos poseídos por el virus de la verborragia. Sí, ese virus que se multiplica en los hogares con nidos vacíos, ese virus que se alimenta vorazmente de la nostalgia de madres despechadas. Cuántos cambios, cuántas palabras.
Pero Manuel, ¿soy muy quejona si te confieso que eso no me alcanza? ¿Debería admitir que soy egoísta porque me duele tenerte lejos de casa? El día que naciste me di cuenta que mi vida ya no dependía solamente de mí y mis necesidades. Vos ibas a ocupar el lugar central en mi escala de valores, deseos y metas. Tal vez, estuve mal al elegir correrme a un segundo plano y destinar todas mis fuerzas y energías al proyecto de ser madre. Quizás, si hubiese dosificado mi amor y mis ansias, hoy tu partida la viviría de otra manera. Puede ser. Ese hubiese sido un camino posible, pero elegí otro.
Espero que tanta dedicación y esmero hayan servido para convertirme en buena madre. Creo que sí lo fui. Está bien, no me digas nada. Ya sé. Podría haberte insistido menos cuando querías dejar la facultad o tendría que haberte dejado ir al campamento de 6to grado en San Antonio de Areco. También, tendría que haberte puesto un castigo menos severo cuando te llevaste cuatro materias a marzo ese verano tan caluroso.
Es difícil entender que los hijos no nos pertenecen y que somos unos meros receptores de vida. Que nuestra labor consiste en ayudarlos los primeros años para que, cuando les toque volar, elijan el destino que a ustedes les plazca, sin importar los pareceres de sus progenitores. ¡Cuánto cuesta esa tarea Manuel!, cuesta tanto como recordarme que el despertador suena pero vos ya no batallas con él, al menos no, en esta casa.
Tu papá se burla de mí diciendo que como ya existe un muro de los lamentos, yo me estoy avocando a escribir el libro de los padecimientos maternos. Yo lo dejo que se burle sabés, porque sé que escribo por los dos. Él no las expresa, pero la nostalgia y la pérdida son compartidas.
Te sigo escribiendo el próximo domingo después que te vayas para tu nuevo hogar.Ya van 34 cartas que te escribo. Son 34 los almuerzos domingueros que compartimos juntos desde que te fuiste de casa. ¡Ah! Ya saqué turno para hablar primera el próximo domingo.
Cuántos cambios, cuántas palabras. Cuántos hijos, cuántas madres. Cuántas casas, cuántos nidos. Cuántas cartas, cuántos vacíos.

Eneka Etxea

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