El escritor viste pantalón
rojo, gabardina color arena, cabello canoso ensortijado desobediente de la
puesta en escena perfecta. Es sábado por la mañana, de paso por la capital de los proyectos y presentaciones, entrevistas y autógrafos.
Lleva en su mano izquierda un cuaderno tamaño cuartilla, negro jaspeado, con
recuadro blanco donde se lee: Caderno de
Xaneiro. Se escurre entre los
pasillos de la exposición de su paisano Virxilio Vieitez. Pasillos, como los caminos
y calles de los pueblos de Terra de Montes que el fotógrafo recorrió una y otra
vez cámara en mano, llenos de miradas duras, ilusionadas, hieráticas,
inocentes.
El escritor recorre esos
pasillos con parsimonia, de manera ceremoniosa. Se detiene en cada una de las
fotografías. Nacimientos, comuniones, bodas y velatorios. Jóvenes ilusionados.
Niños que juegan. Familias. Viudas. Mujeres que esperan el regreso del
inmigrado a ultramar. Caras endurecidas por la cotidianidad de la España rural
de los años 50-70. Fotografías nacidas para atestiguar los ciclos vitales, los
grandes acontecimientos, la solemnidad de la vida que pasa, las ausencias, las
esperanzas. Fotografías por encargo que
desde la mirada de Virxilio Vieitez se convierten en memoria visual de una
época, de un pueblo, de unas costumbres.

El escritor observa
atentamente la reacción de la gente ante estas fotografías de miradas intensas y
sentimientos congelados en algún vértice del tiempo. Escucha lo que unos y
otros comentan, sus sonrisas, sus silencios. Intuye sus pensamientos. Las escenas les son muy familiares,
se reconocen, recuerdan, extrañan. Pasaron los años, España caminó rápido y cambió el modo de ser, de ver. Pero
ante estos retratos, fogonazos de realidad y crudeza, no pueden evitar una
desazón, una incertidumbre.
El escritor graba todo lo
visto y escuchado en su memoria, más tarde lo escribirá en su cuaderno negro
jaspeado, su caderno de xaneiro, que sostiene con firmeza, como un talismán
protector. Acta notarial donde dar fe de todo lo que acontece a su alrededor,
de la escurridiza realidad, de los giros de la historia. Se despide de su
paisano con una media sonrisa, pensativo, con agradecimiento por este lúcido encuentro de rostros en blanco y negro e interrogantes.
Viridiana
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