2 de diciembre de 2013

Cautivos racionales


Virus informáticos que son creados especialmente para dañar sistemas operativos que fueron inventados supuestamente para hacernos la vida más plácida y ágil, tramas financieras artífices de lavado de dinero que se mueven con total impunidad en un mundo que azota al ladronzuelo y lame los pies del guante blanco, cuerpos humanos mercantes que albergan sustancias que el sistema capitalista requiere para idiotizarnos, mientras se destinan recursos de las arcas estatales para paliar los efectos colaterales de un reparto de la riqueza que en su origen es crudamente desigual, países con prestigio de maestros chocolateros y sede de organismos internacionales que ocultan ganancias poco decorosas y cuyos índices de suicido son explicados desde la óptica que argumenta que la panza llena puede ser tan perjudicial como la vacía, industrias farmacéuticas y armamentísticas para las cuales la buena salud y la paz no son un negocio, potencias mundiales que llevan la bandera de la libertad y los derechos humanos y vierten a la atmósfera dosis infectantes de CO2 entre otros de los muchos alicientes que hacen de nuestra supervivencia homínida un mero factor aleatorio y un sinfín de actividades más que encabezan los triunfos de la razón humana y que por cuestiones meramente prácticas, me abstengo de seguir enumerando.
Salir de África para conquistar el mundo no fue tarea fácil. Los paleoantropólogos siguen afirmando que fue nuestro cuantioso cerebro devorador de proteínas lo que nos permitió generar estrategias de supervivencia más sofisticadas para sortear los obstáculos de un medio ambiente cambiante y por momentos, adverso. La clave radica en la corteza cerebral, centralizadora de nuestra inteligencia, causa potencial de nuestra capacidad de producir habilidades que nos permitan aventajar a otras especies y aprovecharnos continuamente de los descuidos y debilidades de los pares.
La mente que es capaz de crear un sinnúmero de obras maravillosas que se engloban en lo que conocemos como cultura, sin embargo, es la misma que sacude con una crueldad inmensurable aquellos principios morales rectores que enarbolamos para asegurarnos una reproducción y convivencia armónica. ¿Qué nos hace humanos? ¿Nuestra humanidad entendida en términos vinculados con la bondad y la empatía hacia los otros con los cuales compartimos taxonomía o una humanidad relacionada con el oportunismo y malicia productores de injusticias múltiples por doquier?


Si tanto el amor como el odio, son cosas que aprendemos… ¿por qué es tan popular la sensación que el mal triunfa por sobre el bien? La respuesta puede ser generacional, aunque, a lo largo de nuestra historia consciente y en algún punto, inconsciente también, nos la hemos reformulado desde que comenzamos a habitar las cavernas. Y si las réplicas son variadas y cambiantes es porque en algún punto somos cautivos de esa razón que nos humaniza y deshumaniza a la vez. Esclavos de nuestro intelecto y soberanos de nuestra lógica. Parecería una paradoja, pero la dialéctica es parte de esa humanidad que edifica y rectifica. Hijos de la duda, presos de la elucubración.

Vespertina Incrédula



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