8 de febrero de 2015

What is the distance between the eyes and the soul

Salió del cine apresurada. No quería encontrarse con nadie. Era una de esas películas que le gustaba digerir en soledad, sin interferencias: El eco de  imágenes y palabras a sus anchas, sin más interlocutor que sus propios pensamientos.

La corriente gélida de la Gran Vía apremiaba a buscar refugio. Recordó aquella reconfortante sopa ramen que tomó en su viaje a Nueva York, cuando su economía era más alegre y despreocupada, y decidió que El Rey del tallarín era un digno sucedáneo. Se sentó en una mesa junto a la ventana, de espaldas a la puerta. La mirada seguía los platos y bandejas, abstraída de las voces solapadas, del rumor de cocina. Mientras esperaba su pocillo humeante  emergió aquella frase que atesoraba la galleta de la fortuna tras aquel ágape en la Gran Manzana: “What is the distance between the eyes and the soul?”. ¿Cuál es la distancia entre los ojos y el alma? Sin entender muy bien lo que la pregunta quería transmitir, su trascendencia había permanecido resonando en  su memoria hasta ese preciso instante.

Sorbo a sorbo, Eva empezó a discurrir sobre la grandeza de Alan Turing.  La película The imitation game se unía al rescate de la historia del gran matemático que, entre otras proezas, había conseguido descifrar el Código Enigma de las fuerzas militares alemanas durante la 2ª Guerra Mundial. A ella le maravillaba cómo con el arma de la lógica y los algoritmos matemáticos se habían conseguido desvelar  las comunicaciones interceptadas. Nunca había sido demasiado buena en matemáticas ni física y muchos de estos conceptos le habían sonado siempre a un lenguaje alienígena. No obstante, cada vez más le llamaban la atención.

¿Pueden pensar las máquinas? ¿Se puede comportar una máquina de manera indistinguible de una persona? Una pregunta difícil la de Alan Turing. Soñó con la creación de una máquina inteligente, capaz de hacer deducciones lógicas y de aprender adquiriendo nuevos conocimientos. Si hubiera podido vivir unos años más seguramente habría encontrado respuestas sorprendentes. Otros científicos le han tomado el relevo y siguen ensanchando los límites de la realidad, tal y como la conocemos. Justo unos días antes, Eva había leído en el periódico una entrevista al físico español Ignacio Cirac donde hablaba de su proyecto de ordenador cuántico, el cual será capaz de descifrar cualquier código secreto utilizado hoy en día, según afirmaba. La física cuántica, tan escurridiza aplicada a la computación. A ella lo de la cuántica le parecía cosa de magia, algo surreal y las explicaciones de Cirac, aún pedagógicas, no le aportaban mucha nitidez a la foto: “Las cosas no están definidas, a menos que las observes”, apuntaba el físico español. “Una partícula puede pasar por dos agujeros a la vez, dos agujeros que pueden estar en cualquier sitio”, aclaraba asimismo.

Eva pidió de postre plátano frito. El azúcar le vendría bien después de tanto filosofar. Seguía sin entender mucho pero se reconfortaba con la melodía de la pregunta de su galleta china: What is the distance between the eyes and the soul? Se la repetía una y otra vez de camino a su casa. Echó una mirada a la luna, más enigmática que nunca y por un momento pensó en lo raro y milagroso que era todo.

“Descifrar lo que está delante de nuestros ojos requiere una lucha constante” George Orwell






Viridiana, texto y collage

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